Escuela de Padres

undefinedNuestra Escuela pretende ser un espacio de información, formación y reflexión dirigido a padres y madres sobre aspectos relacionados con su imprescindible papel educador.

Igualmente, es un recurso de apoyo a las familias con menores para que estos puedan desarrollar adecuadamente sus competencias educativas y socializadoras.

Nuestro gabinete psicopedagógico y expertos ponentes ofrecerán información sobre los asuntos más actuales vinculados a la educación de nuestros hijos.

Deporte y rendimiento académico

Desde hace mucho todos sabemos que el ejercicio físico es esencial para el normal desarrollo de la persona y la mejora de la salud y la calidad de vida, además de prevenir enfermedades como la hipertensión arterial, la diabetes y la obesidad. Sin embargo, los efectos positivos del deporte sobre la salud mental, los procesos cognitivos y el rendimiento escolar no son tan conocidos, a pesar de que existe evidencia empírica de ello.

Hoy sabemos que la participación en actividades físicas se asocia a una disminución de la depresión y la ansiedad, siendo incluso una modalidad reconocida de tratamiento, ayuda a construir una autoestima más sólida, reduce las conductas autodestructivas y antisociales en la población joven y reduce la ansiedad. Pero es que además, y esto es lo más novedoso, se ha demostrado que el deporte provoca cambios funcionales en el cerebro.

En una investigación realizada por el doctor Kubota de la Universidad de Handa en Japón, siete estudiantes participaron en un programa de entrenamiento que consistió en correr durante 30 minutos, tres veces por semana durante tres meses. Cada uno de ellos completó una serie de tests cuyo objetivo era comparar la capacidad de memorizar objetos y establecer la capacidad intelectual antes y después del plan de entrenamiento. Una vez terminado el programa, los resultados de las pruebas de inteligencia mostraron una clara mejoría en la función del lóbulo frontal del cerebro, un aumento en los niveles de memoria y de velocidad de procesamiento de la información; además, los autores observaron que las puntuaciones bajaban si los participantes abandonaban el entrenamiento, lo que indica que lo que se requiere realmente para este desarrollo intelectual es la continuidad en el ejercicio físico. En definitiva, parece que dedicar un tiempo sustancial a actividades físicas en las escuelas, puede traer beneficios en el rendimiento académico de los niños; como ya dijo el poeta Juvenal en el siglo I “mens sana in corpore sano”.

 

Ayudar en las tareas del hogar desde pequeños

Las tareas del hogar, que de por sí pueden ser abrumadoras, tediosas y largas, se ven como una carga aún mayor dado el ritmo de vida actual, con largas jornadas de trabajo, actividades extraescolares de los hijos, deberes y demás ocupaciones del día a día. Para hacerlas más llevaderas, todos los miembros de la familia, hasta los más pequeños, deben colaborar en su realización, consiguiendo así más tiempo libre y evitando sobrecargas, además de enseñarles a cooperar, a asumir responsabilidades y ser disciplinados.

Siempre y cuando las expectativas sean apropiadas, desde muy pequeños podemos hacer partícipes a nuestros hijos del cuidado de la casa. Puede parecer sorprendente, pero desde los tres años podemos empezar a implicar a nuestros niños en algunas tareas: recoger la ropa sucia, los juguetes, poner en su lugar la ropa limpia, los zapatos, poner servilletas en la mesa, recoger y limpiar la mesa después de comer, echar basura al cubo. Y con el tiempo, ir aumentando sus ocupaciones; por ejemplo, con cuatro años, además de todo lo anterior, pueden ser capaces de desvestirse y poner la ropa en su lugar, vestirse sin ayuda, lavarse y secarse solos, cepillarse los dientes, poner la mesa, poner comida a la mascota. Ya con cinco años pueden ayudar a hacer la cama, limpiar el polvo, doblar la ropa limpia, regar las plantas, poner el lavavajillas…

Pero si queremos que sean capaces de que tengan las habilidades para ayudarnos en casa, debemos enseñarles cómo hacerlo. Bastan unos sencillos pasos para que aprendan rápidamente:

  • En primer lugar, tenemos que decirles claramente lo que queremos que hagan. Por ejemplo, si queremos que echen una servilleta a la basura, no basta con preguntarles “¿dónde se pone eso?” o informarles del comportamiento inadecuado (“no eches la servilleta al suelo”). Debemos darles instrucciones precisas, claras y breves sobre el modo en que queremos que lo hagan (“ve y pon tu servilleta en el cubo de la basura”).
  • Si a pesar de que la instrucción ha sido clara, el niño no entiende qué hacer, debemos mostrarle nosotros cómo hacerlo, repitiendo la instrucción con un tono de voz suave y paciente, para después darle la oportunidad de ponerla en práctica.
  • En tercer lugar, cuando realice la acción, elogiemos su esfuerzo. La clave para que la conducta se vuelva a repetir exitosamente se encuentra aquí. Aunque todavía no sea capaz de realizar la acción del todo bien, no lo reprendamos por ello, sino al contrario valoremos el intento para que tienda a hacerlo la próxima vez que tenga ocasión.
  • Por último, en el caso de tareas más complejas, como doblar la ropa, practiquemos con él a la vez que verbalizamos los pasos para conseguir una buena ejecución.

Podemos observar que en cuanto aprenden a realizar tareas simples se entusiasman e incluso disfrutan haciéndolas. Sin embargo, cuando ya pueden hacer la actividad sin ayuda y ésta es repetitiva, pueden mostrarse renuentes a encargarse de ellas. En este caso, además de ser firmes y no hacer las cosas que les hemos asignado, podemos dar un tiempo para que lo realicen (“en tres minutos tienes que empezar a recoger tus juguetes”), ayudarles a empezar (“lo hacemos entre los dos”), ofrecerles algo atractivo después de cumplir la orden (“después de recoger, podemos ver la tele”), convertir la tarea en un juego (“a ver quién termina antes”), o darles a escoger qué tarea realizar (“¿qué prefieres, poner la mesa o recoger el cuarto?”). Y sobre todo, ser pacientes y constantes para conseguir que lo enseñado se convierta en un hábito, consiguiendo así desarrollar su autonomía y madurez.

 

Enseñar a ser pacientes: esperando turno

Ser pacientes y esperar nuestro turno para hablar o realizar una acción no es una tarea fácil, basta con pensar en cuántas veces nos sentimos nerviosos porque la cola del supermercado va muy lenta. Si ya es difícil para un adulto, cuánto más puede ser para un niño tener que esperar para satisfacer la más simple de sus necesidades; con frecuencia nuestros hijos interrumpen y se sienten especialmente frustrados en situaciones en las que le toca esperar, todos quieren ser “primer” y no hay cosas más importantes que las suyas.

Los niños no nacen sabiendo como esperar turnos, es esta una aptitud que se les debe enseñar, ya que de no hacerlo, continuarán actuando solo con sus intereses en mente y demandarán su turno cuando lo deseen. Un niño que sabe esperar posee una aptitud valiosa para hacer amigos, simpatizar,  negociar... Pero la paciencia no es algo fácil de fomentar, ¿cómo podemos hacerlo?

En primer lugar, debemos tener siempre en cuenta que la mejor forma de inculcar hábitos positivos es con el ejemplo: si solemos interrumpir a otras personas cuando hablan o no les dejamos a ellos que terminen de hablar, difícilmente aprenderán ellos a ser pacientes. Por otro lado,  no debemos dejar de hacer lo que estemos haciendo en cualquier momento para atender sus necesidades, sobre todo si interrumpen por una nimiedad, explicándoles que les toca esperar hasta que terminemos de hacer nuestra tarea. Incluso puede ser beneficioso, aunque no estemos haciendo nada y no interrumpan nuestra acción, hacerles esperar para darles aquello que piden o para escucharlos. 

De igual manera, algunos juegos pueden ser muy útiles a la hora de enseñarles a esperar turnos: el juego del “un, dos, tres, pollito inglés”, donde uno dice esta frase de espaldas y al terminarla se gira y el resto de niños queda quietos como estatuas, teniendo que dar un paso atrás aquel que se mueva, es una manera muy sencilla de enseñar a respetar turnos. Igualmente los juegos de mesa, como la oca o el parchís, o las cartas, con niños mayores, facilitan el aprender a esperar. También la práctica de deportes de equipo, que además de ayudar a que se sientan parte de un grupo, favorecen el aprender a esperar al tener que realizar una función específica que deben realizar en un momento concreto.

Y finalmente es necesario elogiar los éxitos que vayan alcanzando, felicitándolos cuando los veamos esperando durante una situación difícil o esperando su turno en un simple juego, informándoles claramente de porqué se le está elogiando.

 

Jugar en la calle

Vivimos en un mundo en el que todo avanza muy deprisa, en el que todo está organizado y regulado, que no nos deja tiempo para nada que no esté en la agenda. Todos, adultos y niños, nos vemos inmersos en esa vorágine de rutina, horarios, trabajo y responsabilidades. De lunes a viernes apenas tenemos tiempo para nada y cuando lo hay, caemos en el error de llenarlo de más actividades programadas, convirtiendo la semana en una sucesión de trabajo o colegio, actividades extra escolares, deberes, ducha y cena.

Todo esto hace que a actividades para los niños tan básicas y necesarias como jugar al aire libre se les dedique menos tiempo del que se debe. Pensemos tan solo en cuántos de nosotros sustituimos el tiempo de juego en la calle de nuestros hijos por más actividades extraescolares o por clases particulares de refuerzo de inglés, matemáticas…, bien a causa de que nuestro horario laboral nos obliga a ello, o en el peor de los casos, por no saber qué hacer con los niños en casa.

A nadie se le escapa la importancia que el juego tiene para el desarrollo físico e intelectual del niño. Y la influencia positiva del juego se ve aumentada si se hace solo con otros niños, sin organización de un adulto y al aire libre. Sin embargo, en un reciente estudio, aunque el 97% de los cerca de 2100 padres que participaron en él reconocían la importancia del juego en la calle,  los datos apuntan a que el 49% de los niños españoles juega menos de una hora al día en el exterior.

Existe la falsa creencia de que los niños de hoy en día no son capaces de jugar a lo que jugábamos nosotros (el fútbol, la comba, la peonza…) Es cierto que, absorbidos por la videoconsola, los móviles e internet, los juegos tradicionales han perdido terreno, pero basta con bajar a la calle con el niño para darnos cuenta de que saben jugar tal y como lo hacíamos antaño.

Con el juego al aire libre aumentan las oportunidades de relacionarse con otros niños, de distintas edades y colegios, ampliando así su círculo de amistades y desarrollando sus habilidades sociales; de hecho, en otro reciente estudio se recogía que en el juego al aire libre los niños usan cinco veces más palabras que en el juego interior. Jugar en la calle da la oportunidad también al niño de conocer su entorno cercano, su barrio, a menudo oculto tras las cortinas de casa, ganando así en autonomía y seguridad.

Y en la calle se hace ejercicio físico, sin necesidad de tener que estar practicando un deporte concreto. ¿Quién no ha terminado rendido tras una tarde jugando al escondite o saltando a la comba? Por el contrario, el uso excesivo de la tecnología como elemento de ocio (televisión, videojuegos y móviles) es uno de los factores causantes del aumento de los índices de sedentarismo y obesidad infantil que sufrimos hoy en día.

Todo lo anterior nos obliga a aprovechar cualquier pequeña oportunidad para salir a la calle con nuestros hijos y dejar que jueguen libremente. A la vez que ellos juegan, nosotros podemos escuchar música, leer una revista o simplemente descansar de un día ajetreado mientras ellos gastan la energía desbordante de la infancia.

 

Cómo ayudar a nuestros hijos en los estudios

En estos días han empezado las clases de nuevo. Tras dos meses largos de vacaciones, toca volver a la rutina. Y al empezar un curso nuevo, uno de los propósitos más comunes que  nos planteamos los padres es el de ayudar a nuestros hijos en los estudios. Intentamos inculcarles hábitos de estudio adecuados, motivarlos, supervisarlos… pero no sabemos muy bien cómo hacerlo.

Lo primero que debemos hacer es fijar una hora para la tarea. No es bueno que se empiece con ella justo al llegar del colegio, ya que se necesita un momento de descanso y esparcimiento. Una vez hecho esto, debemos proporcionar al niño de un ambiente adecuado: es inútil tratar que se concentre en el estudio si está escuchando música fuerte y menos aún viendo la televisión. Es aconsejable también posponer las llamadas telefónicas y evitar el ruido excesivo, tanto de la calle como el de la casa y buscar también un lugar ventilado y bien iluminado. Un ambiente de tranquilidad, en el que todos pueden hacer algo en silencio y al mismo tiempo, es el mejor aliado del estudio.

En segundo lugar, debemos conocer y enseñarles qué materias y tareas les resultan más fáciles y cuáles más difíciles, para organizar en base a ello su trabajo. Lo ideal es que los primeros minutos del estudio se dediquen a tareas sencillas, para que a modo de calentamiento, vayan activando su atención y concentración. Tras ello, pasar a las tareas más complejas y que requieren más tiempo, para terminar repasando lo estudiado, leyendo algo o haciendo alguna tarea escrita sencilla. Los descansos en la sesión de estudio deben ser cortos, de no más de 5 minutos y se deben evitar en ellos la realización de actividades que vuelvan a desconectar al alumno del estudio. Por ejemplo, ver la tele o echar una ojeada al móvil, hará que perdamos el nivel de alerta conseguido, por lo que esos 5 minutos deben facilitar la relajación y el descanso, pero no la desconexión total del “modo estudio” en el que estamos.

Cuando nuestro hijo nos pida ayuda, no debemos darle la respuesta sino orientación, ya que además de asumir nosotros una responsabilidad que no nos corresponde, le estaríamos enseñando al niño que si las cosas se ponen difíciles, alguien hará el trabajo por él. Uno de los propósitos de la tarea es fomentar su independencia para resolver por sí mismo un problema y desarrollar habilidades escolares, así que si el niño ve las tareas como pequeños retos donde tiene logros personales, estará más dispuesto a esforzarse en la escuela. Cuando necesite algo, lo mejor es llegar al punto donde no pueda resolver el problema por sí mismo, retrocediendo en el conocimiento hasta donde él se sienta capaz y conducirlo desde ahí mediante preguntas que lo lleven a una solución.

Y finalmente, a la hora de revisar el trabajo, debemos resaltar los aciertos, no los errores. Buscamos así que el niño se sienta bien con lo que está haciendo y se esfuerce cada día más, valorando el esfuerzo y  la dedicación en los pequeños trabajos de cada día  más que sus resultados finales, pues estos con constancia, llegarán. Debemos reconocer si muestra un progreso en su dedicación al realizar la tarea, cuando termina dentro del tiempo establecido, si se empeña en su realización, si no se distrae...

 

El efecto pigmalión

Cuenta la leyenda que durante mucho tiempo, Pigmalión, rey de Chipre, buscó a una mujer con la cual casarse. Pero con una condición: debía ser la mujer perfecta. Al no encontrarla, decidió seguir soltero y dedicar su tiempo a crear esculturas para compensar la ausencia. Y así esculpió a Galatea, tan bella que acabó enamorándose de su creación.

Cierto día, Pigmalión soñó que Galatea cobraba vida. Al despertar, se encontró con la diosa Afrodita, quien, conmovida por el deseo del rey, le dijo "mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal". Y así fue como Galatea se convirtió en humana.

De aquí viene que a la profecía de autocumplimiento la conozcamos usualmente como “efecto pigmalión”: fue en los años 60 del siglo pasado cuando Rosenthal y Jacobson estudiaron este efecto en el ámbito educativo, demostrando que las expectativas de una persona sobre otra, aunque sean falsas, influyen en el rendimiento de la última.

Esto nos debe hacer pensar que las creencias que tenemos sobre nuestros hijos pueden potenciar sus habilidades, pero también pueden limitarlas, pudiendo provocar, de manera inconsciente, comportamientos y actitudes no deseables en ellos. Por ejemplo, si tenemos la idea de que un niño es torpe o revoltoso, muy probablemente el niño acabe desarrollando el comportamiento que esperamos de él. Y estas expectativas las reflejamos, no sólo verbalmente, sino también en nuestro lenguaje no verbal (gestos, tono de voz, postura...). Por ello, debemos poner especial atención en la forma en que expresamos y transmitimos nuestras ideas, sobre todo cuando estas se refieren a la forma de ser, actuar o pensar del niño. En la infancia y la adolescencia el autoconcepto se encuentra en pleno desarrollo, siendo los niños y jóvenes muy vulnerables a la influencia que se puede ejercer a través de nuestras expectativas.

Y también debemos ser conscientes de las expectativas que expresamos por comparación con los hermanos. ¿Cuántas veces se nos ha podido escapar  el típico “a ver si aprendes de tu hermano”? En muchas ocasiones tendemos a idealizar el comportamiento del hijo que habitualmente se porta mejor, regañándolo y castigándolo menos,  teniendo más paciencia con él. Este trato diferencial acaba afectando al autoconcepto y al comportamiento de ambos niños, del “bueno” y del “malo”. Así, en base a ese “efecto pigmalion”, cuando el niño es consciente de que sus padres esperan que tenga un mal o buen comportamiento, tenderá aún más fácilmente a tenerlo.

En definitiva, lo que digamos acerca de las capacidades de nuestros hijos va a influir directamente sobre lo que se consideren capaces de hacer. Por eso, si nos centramos en las cualidades positivas de los niños, estas se desarrollarán, mejorando así sus posibilidades futuras.

 

Fortalecer a nuestros niños

La infancia es vista a los ojos del adulto como una época de la vida exenta de dificultades, aunque eso no es cierto. Además de la incertidumbre propia de una época de crecimiento y desarrollo, los niños tienen que enfrentarse en su día a día a múltiples problemas: empezar una nueva etapa escolar, cambios en la familia, nuevas responsabilidades que asumir, conocimientos que suponen mucho trabajo, incluso en ocasiones, situaciones traumáticas como la pérdida de un ser querido, compañeros que acosan, enfermedades graves... Sin embargo, todos tenemos, en mayor o menor medida, una aptitud para desarrollarnos pese a estos obstáculos: la resiliencia.

La resiliencia es la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y ser transformado positivamente por ellas. Ser resilientes no significa no experimentar dificultad o angustia, sino ser capaz de manejar el estrés, el dolor y la tristeza causada por el propio devenir de la vida.

Vivimos en la actualidad en una sociedad que extrema las precauciones, que protege al niño ante cualquier posible riesgo, por pequeño que sea. Y es obvio que esto debe ser así, pero de manera paralela también se deben reforzar las capacidades de los niños para afrontar las dificultades, esto es, también debemos promover la resiliencia. De no ser así, corremos el peligro de que nuestros hijos se desmoronen como castillos de arena cuando nuestra protección no alcance.

Para promover esa capacidad de “salir adelante” debemos actuar en tres ámbitos: el ambiente social, los recursos personales y las habilidades sociales.

En su entorno social, el niño debe contar con personas que lo quieran incondicionalmente y en las que confiar, pero también quien le ponga límites que eviten peligros, quien le muestre por medio de su conducta la manera correcta de proceder y quien le ayude a conseguir autonomía e independencia.

En segundo lugar, el niño debe contar con una autoestima positiva, pero también con un buen nivel de control de impulsos, respeto por sí mismo y por los demás, capacidad para responsabilizarse de sus actos, amén de un buen sentido del humor y optimismo a la hora de hacer frente a la vida.

Y por último, tener unas habilidades sociales que le permitan manejar los conflictos interpersonales, saber resolver los problemas cotidianos, hacer amigos con los que hablar de lo que le asusta y buscar y recibir ayuda cuando la necesite.

Nadie mejor que Anna Frank como ejemplo de resiliencia, que escribía en su diario: “Yo no pienso en toda la miseria, sino en toda la belleza que aún persiste. Esta es una de las cosas que nos hace tan distintas a mi mamá y a mí. […] Mi consejo es: sal para afuera, sal al campo, goza de la naturaleza y del sol. Trata de recapturar la felicidad en ti misma […] Piensa en toda la belleza que todavía queda alrededor tuyo. Sé feliz.” Hagamos a nuestros hijos resilientes para que lleguen a ser felices y sean capaces de afrontar las dificultades que les esperan.

 

Niños con dificultades de relación

Las relaciones de los niños con sus iguales son básicas para su adaptación psicosocial y desempeñan un papel clave en su desarrollo general. Alrededor de los cuatro años, la mayor parte de los niños son capaces de hacer nuevas amistades y saber qué compañeros les agradan o desagradan. Sin embargo, entre un 5% y un 10% de ellos experimentan dificultades en las relaciones sociales, siendo necesario en estos casos promover las competencias sociales y emocionales para fomentar experiencias positivas entre los niños.

Desde la familia podemos poner en práctica estos sencillos consejos que ayudarán a mejorar las habilidades sociales de nuestros hijos:

  • Evitar etiquetas, por ejemplo: “no sabe hacer amigos”, “nunca juega con los niños”. Esto sólo consigue afianzar en el niño una sensación de incapacidad para relacionarse con sus iguales y una pérdida de confianza en sí mismo.
  • Servir de ejemplo: en nuestras relaciones con ellos y con los demás, debemos actuar de forma coherente y transmitiendo lo que queremos que hagan ellos.
  • Conviene conversar con el niño y hablar sobre las cualidades que posee y que debe utilizar. Ante determinadas situaciones sociales que le ocurran, es necesario explicársela para ayudarle a entender qué puede hacer.
  • Cuando pase por alguna situación social de rechazo,  debemos dejar que pase por ellas, pero explicándole cómo superarla, enseñándole a decir no, a pedir favores, a defender sus derechos de manera asertiva…
  • Dotar a los niños y niñas de un ambiente rico en relaciones. Es importante que los pequeños tengan diferentes experiencias sociales, para que experimenten, aprendan y pierdan el miedo a determinadas situaciones.
  • No presionar al niño para que establezca cualquier tipo de relación ni obligarlo a acudir a determinados lugares comunes de los niños. Deberíamos favorecer el que se den situaciones donde son posibles estos contactos de manera natural y espontanea y que sea el niño el que decida con quien se relaciona.
  • Reforzar cualquier conducta de acercamiento o contacto hacia los demás.
  • Planificar y realizar actividades de relación, apoyándose para ellas en los vecinos o familiares a los que el niño muestra cierta simpatía o aquellos otros que suelen ser los animadores del grupo.
  • Conversar con el niño sobre cuáles son sus gustos preferidos, preguntándole por sus amigos y las cosas que hacen sus amigos del colegio.
  • Atraer a algún vecino que sea extrovertido, para que acuda a la casa del niño y cuando hayan jugado en la casa, invitarlos a salir al patio o al parque.
  • Hablar con los hermanos para que lleven a su hermano a jugar al parque y le busquen compañeros de su edad.

En el caso de que las dificultades de relación persistieran más allá de los 8 años, sería aconsejable acudir a un especialista para iniciar un programa de intervención enfocado en remediar los déficits específicos de habilidades sociales del niño.

 

 

Niños que no comen

La dificultad en los hábitos de alimentación es un tema recurrente en las consultas al pediatra, a la escuela y a los servicios de orientación. De hecho, la hora de la comida se convierte en una guerra abierta entre padres e hijos, siendo lo más frecuente de este conflicto el negarse a comer o negarse a probar ciertos alimentos básicos para su desarrollo (frutas, verduras, leche…)

Uno de los errores más comunes en los padres es el tamaño de las raciones, obligando a que el niño coma más de lo que necesite. Si está sano, no debe ser motivo de preocupación la cantidad de comida, siempre que coma de manera equilibrada y sana. Un niño al que se le ofrece regularmente una comida adecuada, no se alimenta mal, aunque tome muy poca cantidad e incluso algún día no coma casi nada.

Por otro lado, es fundamental no perder la calma. El niño inapetente puede ser el resultado de unos padres autoritarios o nerviosos que crean un ambiente de tensión, prisas y amenazas durante las comidas, cuando este momento debe ser un tiempo para la tranquilidad, el diálogo y la afectividad familiar.

Otras veces el problema con la comida está, no en que no quiere comer, sino en negarse de manera persistente a comer determinados alimentos básicos. Para evitar tanto el “rechazo selectivo” como la “inapetencia generalizada”,  he aquí unos consejos sencillos:

  • Facilitar desde los primeros años que el niño pruebe una amplia variedad de sabores, permitiendo el rechazo de determinados platos siempre que éstos no sean excesivos en número.
  • Comer siempre en el mismo lugar. Los niños se sienten mejor si se respetan sus rutinas. Si una vez come en la cocina, otra en el salón y al día siguiente en casa de la abuela, se distrae mucho.
  • Evitar distracciones: si durante la comida proliferan los juegos y cuentos, el niño tenderá a mantenerse firme en el rechazo para que continúe la “función”.
  • Limitar el tiempo delante del plato. Con 30 minutos es suficiente y no es adecuado mantener al niño castigado en la mesa hasta que coma, ya que normalmente se saldrá con la suya y se levantará de la mesa sin cumplir el castigo, por mucho tiempo que haya pasado.
  • Proponer un menú escrito para toda la semana: el escribirlo evitará que se hagan cambios para adaptarse a sus gustos.
  • Procurar que la prueba de alimentos sea motivadora y distendida, nunca con imposición. Ahora que están de moda en televisión los programas de cocina, podemos implicar a los niños en la preparación de esos alimentos que suelen rechazar, ya que jugando a ser cocineros, podemos facilitar el que pruebe el plato que ellos han preparado.
  • Negociar con el niño la cantidad mínima de cada plato a comer y que sea él quien se sirva. Así favorecemos su autonomía y la responsabilidad de su elección.
  • No sustituir un alimento rechazado por otro de mayor agrado: este es el comienzo de un rechazo progresivo que se puede extender a otras conductas y situaciones.
  • Si rechaza el primer plato, condicionar la toma del segundo a que coma una cantidad mínima del primero. Y lo mismo con el segundo y el postre. Pero esto sin excesos y recordando que si come sano, la cantidad no debe ser nuestra principal preocupación.
  • Y por último, valorar positivamente cualquier aproximación a la conducta deseada mediante refuerzos: pasar más tiempo en el parque, ver juntos dibujos animados, ir al cine el fin de semana…, informando de que estos premios los ha conseguido por comer mejor o probar nuevos platos.

 

La Navidad y el exceso de regalos

Se acerca ya la Navidad y seguramente todos nuestros hijos han escrito ya la lista de regalos a Papá Noel y los Reyes Magos, empujados por los muchos catálogos de juguetes que los diferentes comercios y grandes almacenes han ido dejando en nuestro buzón desde hace unas semanas. Y seguramente todos hemos visto como los niños llenan de cruces estos catálogos, pidiendo a diestro y siniestro y provocando en los padres la duda de qué regalos y sobre todo, cuántos, es adecuado que reciban.

Es obvio que se debe evitar el exceso y aunque no haya una cifra exacta de los regalos que deben recibir, es aconsejable hacer un ejercicio de sensatez. Sin embargo, esto es una tarea compleja, sobre todo porque la llegada de regalos encargados por abuelos, tíos y demás familiares provoca una abundancia difícilmente contenible.

Este exceso puede propiciar que se vuelvan caprichosos, que los valoren poco, que pierdan el interés por ellos rápidamente, que sean descuidados, que no sepan jugar a nada y que terminen aburriéndose…, además de generar en los más pequeños una falsa ilusión de que lo pueden tener todo y que para ello, les basta con pedirlo.

Pero a pesar de haber sido sensatos en cuántos juguetes comprarles, podemos encontrarnos de manera inevitable con la típica imagen del niño en la mañana del día de Reyes abriendo paquetes de manera nerviosa, uno tras otro, sin reparar siquiera en su contenido. ¿Qué hacemos entonces, cuándo, debido a la suma de los presentes de toda la familia, nos encontramos con una montaña de nuevos juguetes? Lo recomendable ante esta situación es guardarlos e ir dándoselos poco a poco, por ejemplo uno o dos cada semana, para guardarlos un par de semanas más tarde. De esta manera el niño tiene tiempo suficiente para jugar con cada uno, a la vez que aprende a usarlo correctamente. También es recomendable donar juguetes con los que ya no juega a otros niños u organizaciones benéficas o bien venderlos en el mercado de segunda mano, dándoles el dinero conseguido para su hucha, con lo que podremos conseguir que cuiden mejor de sus objetos.

Por otro lado, no hay que olvidar que los niños pueden jugar sin juguetes; de hecho, encuentran muy estimulante y divertido construir casas con cajas de cartón para sus muñecos, hacer un circuito sobre cartulina para sus coches, un avión con botellas de plástico… Y es que en ocasiones el juguete puede ser un obstáculo a la imaginación y la creatividad, ya que lo da todo hecho. 

Finalmente, es necesario jugar con nuestros hijos, cosa que muchas veces no tenemos en cuenta: los niños disfrutan tanto porque tienen el juguete que querían, como porque sus padres juegan y comparten risas y tiempo con ellos. Un paseo por el parque, dibujar con mamá o dar patadas a un balón con papá es siempre más estimulante y enriquecedor que una montaña de juguetes.

 

Ayudar a superar la pérdida de un ser querido

Hablar de la muerte nos resulta difícil y aún más cuando tenemos que hacerlo con los hijos, sobre todo si se trata de la muerte de seres queridos porque nos implica emocionalmente a todos.

Por lo general los adultos tenemos más dificultades a la hora de pensar en la muerte, hablar de ella y aceptarla que los propios niños. Para ellos es un tema como tantos otros: un tema que les preocupa y les plantea preguntas que necesitan respuestas. Si notan actitudes evasivas y respuestas poco claras empezarán a captar que es un tema tabú del cual es mejor no hablar y se quedarán solos con sus angustias.

Ante una situación difícil como la muerte de un ser querido, es probable que  os sintáis demasiado abrumados como para poder explicárselo. A los adultos nos cuesta soportar el sufrimiento del duelo, pero nos cuesta todavía más soportar el sufrimiento de los hijos y compartir con ellos el dolor.

Pero no se puede apartar al niño de la realidad que se está viviendo, con  el pretexto de ahorrarle un sufrimiento. Es posible que por edad no comprenda lo que es la muerte, pero es perfectamente sensible a la reacción y el llanto de los adultos, a los cambios en la rutina de la casa, a la ausencia de contacto físico con su ser querido (madre, padre, tío, abuelo...), es decir, se da cuenta de que algo pasa y le afecta.

Sobre todo es importante tener en cuenta que cualquier niño, antes de los 6 años, no percibe la muerte como los adultos. Para él significa “separación de sus seres queridos”, lo cual le resulta muy doloroso. Tampoco tiene adquirido el concepto temporal del “para siempre” y su aflicción es intensa y breve, a la vez que recurrente. En este momento todavía confunde fantasía y realidad, pudiendo entender la muerte como un castigo o personificarla como un ser con existencia propia. Su forma de manifestar tristeza se puede concretar en conductas de mayor vulnerabilidad e irritabilidad, agresividad, miedos, desobediencia, llamadas de atención...

Algunas de las cosas que podemos hacer cuando llega la muerte de alguna persona muy cercana y querida por el niño son:

  • En la medida de lo posible, evitar que pueda presenciar escenas desgarradoras de dolor y pérdida de control de los adultos.
  • Explicárselo pronto: evitar mentiras como “se ha ido de viaje”, “está en el hospital”... ya que capta que ocurre algo que se le está ocultando y esto genera desconfianza. Los niños también tienen sentimientos y para ellos resulta muy duro ver que no pueden compartir con nadie sus sentimientos de tristeza, produciéndoles mayor sensación de soledad.
  • Buscar el momento y el lugar adecuado, utilizando un lenguaje y unas explicaciones acordes a su edad. Deberemos ser pacientes pues es probable  que sus preguntas sean recurrentes. Es habitual que alterne fases de preguntas  y expresión emocional, con intervalos en los que no menciona para nada el tema.
  • Contestar sinceramente y de forma lo más real posible a todas sus preguntas. Recordar que ahora es muy importante también para él estar rodeado de un ambiente de confianza y seguridad. Si no tenemos alguna respuesta le diremos sencillamente que no lo sabemos. Es preferible que sea alguien cercano al niño, que le permita expresar sus emociones y se sienta cómodo contestando a sus preguntas.
  • No angustiarnos porque nos vea tristes o llorando; esto le puede hacer sentir más acompañado. Si ve que los adultos intentan esconder o disimular sus sentimientos aprenderá pronto a no expresarlos y se sentirá solo con su dolor.
  • Animarle a expresar lo que siente: independientemente del modo de expresarlo, los niños viven emociones intensas tras la pérdida de una persona querida. Si captan que estos sentimientos (rabia, miedo, tristeza...) son aceptados por su familia, los expresarán más fácilmente, y les ayudará a vivir de manera más adecuada la separación. Los niños de esta edad suelen sentir rabia y enfado por haber sido abandonados, y pueden expresarla de muchas maneras: irritabilidad, pesadillas,  juegos  ruidoso,  travesuras...  también  es  frecuente  que  dirijan   el enfado hacia algún familiar cercano. Podemos ayudarle permitiéndole que saque la rabia gritando, corriendo, golpeando (por ejemplo cojines...).
  • Una vez que se va volviendo a la cotidianeidad, es importante seguir hablando de la persona que ha muerto, recordarla, hablar de lo bueno que nos ha dejado, de sus gustos, de sus ilusiones...
  • Respetar su manera de afrontar la pérdida: lo más frecuente es apreciar cambios en el carácter, cambios frecuentes de humor, disminución del rendimiento  escolar, alteraciones en la alimentación y el sueño... El niño suele sentir la necesidad de seguir manteniendo una relación afectiva con la persona fallecida; podemos ayudarle dándole algún objeto personal que conserve como un  recuerdo y una forma de unión íntima con él.
  • Mantenerse cerca del niño, física y emocionalmente: permitirle estar cerca, sentarse a su lado, sostenerlo en brazos, abrazarlo, escucharle, llorar con él... (no es malo que los niños vean el dolor y la tristeza). También es bueno buscar momentos para estar separados (dejarle salir a jugar con otros niños, que esté  en su habitación sólo...) si es necesario tranquilizándole diciéndole que estamos ahí por si nos necesita.
  • Es bueno decirle que, aunque estamos muy tristes por lo ocurrido, vamos a seguir ocupándonos de él lo mejor posible. También necesita saber que no nos va a pasar lo mismo ni a nosotros ni a él.

 

Niños que duermen con sus padres

Algunos padres, cuando el niño se despierta por la noche, se lo llevan a su cama para evitar tener que desplazarse a su habitación en caso de volver a despertarse. Esto es una mala costumbre que el niño termina adoptando y una vez que ha cumplido cierta edad, dos o tres años, es bastante difícil volverlo a acostumbrar a dormir solo en su cama y en su habitación.

Se ofrecen a continuación una serie de orientaciones para devolver al niño a su cama:

  • Para lograr que vuelva a acostarse en su cama, debemos ser tiernos a la vez que firmes con él. Tenemos que explicarle a nuestro hijo que es lo que va a ocurrir a partir de ese momento, que debe aprender a dormir en su habitación y en su cama. Si el niño va hasta la habitación de sus padres, hay que hacerle volver a su cama y meterlo en ella sin demasiadas contemplaciones. Los padres han de ser firmes.
  • Debemos iniciar el ritual que tenemos establecido para la hora de dormir, contarle un cuento, darle un beso de buenas noches y explicarle que dentro de un rato volveremos. El objetivo es que el niño se quede solo en su habitación y no importa que no se duerma.
  • Al principio el niño intentará por todos los medios volver a la rutina anterior (llorará para ir a la cama de los padres), ya que él no entiende que debe dormir solo, es normal, cuando está acompañado de sus padres o familiares todo el día, no le gusta el momento en el que se tiene que quedar solo.
  • Con los días, aumentaremos los tiempos de espera para ir a verle hasta que se duerma. Con este sistema, empezará a dormirse solo sin reclamar nuestra presencia.
  • Si el niño vomita, se pone muy nervioso, llora, patalea…,  debemos mostrar calma, acercarnos a su lado y decirle que no pasa nada, nos quedaremos con él hasta que se calme, pero después le diremos que tiene que dormirse él solo y nos marchamos.
  • Utilice recompensas por el hecho de dormir solo o los progresos hacia esa meta. Asegúrese de expresar lo orgulloso que se está de él y que es un "chico mayor". Préstele una atención especial y sea cariñoso con él durante el día.
  • Haga su habitación más atractiva, esto no significa redecorarla sino cambiar algunos aspectos y que el niño sea partícipe de ellos.
  • Establezca un horario regular de sueño.
  • Pruebe a utilizar un contrato en el que tendrá algún premio por dormir en su habitación, se marcará en un almanaque los días que ha tenido éxito, acordando previamente el premio a final de la semana: comience con refuerzos continuos para pasar poco a poco a refuerzos intermitentes hasta hacer desaparecer estos premios cuando la conducta apropiada esté plenamente establecida.

Escuela de Padres: Divorcio, separación e hijos menores

El divorcio o la separación de una pareja es un golpe duro para todos los implicados en ella, pero especialmente para los niños. Los datos son contundentes: en el año 2012 se alcanzó la cifra más alta de divorcios desde 2008 y en casi el 48% de estas rupturas, había menores de edad a cargo de la pareja.

Estadísticas de separaciones, nulidades y divorcios del año 2012

Ante una situación de divorcio o separación, la ansiedad, la inseguridad, el miedo o la tristeza son algunas de las emociones por las que suelen pasar los niños cuando viven este proceso. ¿Qué hacer para ayudarlos a superarlo y manejar las emociones asociadas?

En primer lugar, evitar anuncios por sorpresa, hablar con franqueza desde el principio, pero sin ofrecer detalles que solo incumben a la intimidad de los adultos. Al hablar con los hijos, acordar una misma versión entre padre y madre, transmitiendo que ambos van a seguir estando ahí y, sobre todo, que ellos no son culpables de nada.

Tras del anuncio, se debe dejar claro con quién van a vivir, dónde, régimen de visitas, vacaciones, colegios… Siempre que sea posible, mostrar acuerdo, tranquilidad y afecto entre los padres.

Y una vez asumida la nueva situación, definir las mismas normas y criterios educativos para cuando el menor esté en casa de la madre o del padre: lo que no está permitido en un lado, tampoco puede estarlo en el otro. Obviamente, es un error común que se debe evitar el caer en los excesos económicos (comprar regalos, juguetes, ropa de marca, caprichos excesivos…) como compensación por la situación por la que están pasando. Y nunca ceder a chantajes emocionales, utilizar a los niños como armas arrojadizas para perjudicar al contrario, amenazar con perder el contacto con la familia materna o paterna.

Siempre se debe intentar mantener una actitud de respeto hacia la ex pareja, objetivo muy difícil, pero clave para consolidar sin traumas la nueva realidad de la familia.

Por último, ofrecemos una guía para padres editada por el Servicio de Psiquiatría Infanto-Juvenil del Servicio Murciano de Salud, que profundiza en los consejos dados en las líneas de arriba:

El divorcio y los hijos. Guía de uso

Los niños y la televisión

La televisión es una realidad con la que la familia tiene que vivir y que como todo, tiene sus aspectos positivos y negativos. Entre los valores positivos, están el que a través de ella y de una manera mucho más rápida y fácil el niño puede aprender y conocer contenidos que hasta hace poco eran poco imaginables. Tiene una gran capacidad para entretener a los niños y concentrarlos durante algunos minutos en programas que pueden ser educativos. Aprenden a usar un lenguaje más amplio y mejor pronunciado.

Pero las desventajas son también muchas. La primera es que les quita oportunidades para desarrollarse en otros campos como la música, lectura, pintura; la práctica de deportes y juegos físicos disminuye, al igual que la interrelación con otros niños de su edad, lo que significará una pérdida importante de experiencias que contribuyen positivamente al desarrollo de su personalidad. Si además nos referimos a programas de TV que no cumplen con las condiciones para la edad del niño, los aspectos negativos aumentan.

Entonces, ¿cómo hacer un buen uso de la televisión? He aquí algunos consejos para ello:

  • Desarrolle actividades en común al margen de la TV. Existen más de las que se imagina: lectura de cuentos, pintura y dibujo, armado de juguetes, jardinería, juegos clásicos, paseos, deportes... Todas estas actividades se deben hacer desde que el niño tenga la edad para entenderlas y hacerlas. Integre en ellas a todos los miembros de la familia en la medida de sus posibilidades.
  • Defina el tiempo de ver televisión, obviamente en relación a los programas adecuados a su edad. No vea usted mismo programas durante las horas en que el niño no pueda hacerlo.
  • No se acostumbre a tener la TV encendida todo el día mientras trabaja en labores de casa. No use la TV para tranquilizar al niño, ni para dormirlo.
  • Si el niño tiene mal rendimiento escolar, condicione la TV a la mejoría del sus calificaciones, y siempre será requisito el hacer las tareas y el estudio antes de ver la TV.
  • Coloque los aparatos de TV en un lugar común para la familia y no dentro de las respectivas habitaciones.
  • Use la TV para ver programas específicos y apague y enseñe a apagar el aparato una vez terminado el programa.
  • Estimúlelo para que vea documentales o programas de la vida real. Use los programas acerca del amor, el sexo, las disputas familiares, el alcoholismo y las drogas como una forma de iniciar las discusiones familiares sobre estos temas difíciles. Prohíba los programas violentos. Si permite que su hijo vea programas que muestran violencia, háblele sobre las consecuencias de la violencia. Señálele la forma en que la violencia perjudica a la víctima y a la familia de la víctima. Si su hijo está perturbado por un programa que ha visto, asegúrese de hablar sobre el mismo con el niño.
  • Discuta los anuncios publicitarios con sus hijos. Ayúdeles a identificar los anuncios con alto grado de presión para impulsar las ventas y las aseveraciones exageradas.
  • Explique las diferencias entre la realidad y la fantasía. Este tipo de clarificación puede ayudar a que su hijo disfrute de un programa y, sin embargo, comprenda que lo que está sucediendo en la TV podría no pasar en la vida real.
  • Sea un buen modelo. Si usted pasa mucho tiempo viendo la televisión, puede tener la seguridad de que su hijo hará lo mismo. Además, el tipo de programas que usted vea envía un mensaje muy claro a su hijo.

Y para terminar, dos artículos de Juan Casado, profesor de pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid sobre las ventajas e inconvenientes de la televisión.


Ventajas de la televisión
Inconvenientes de la televisión


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